La querella de las investiduras

Posted on 13 junio, 2007. Filed under: Sin categoría |

La querella de las investiduras

Los orígenes del Cristianismo y el Imperio: su relación en la antigüedad

El Cristianismo nació por la prédica de Jesucristo, continuada después de su crucifixión por sus discípulos, llamados Apóstoles. Pablo llevaría esta nueva fe a gran parte del Imperio Romano, y le daría una identidad separada del Judaísmo del cual surgía.
En tiempos de Nerón, los cristianos comenzaron a ser perseguidos por el Estado, así como por parte del pueblo. Ciertas ideas “peligrosas”, como la igualdad de los hombres o la negación de la divinidad del Emperador, los hicieron víctimas de grandes persecuciones, más por motivos políticos que religiosos.

En 313, el Emperador Constantino promulgó el Edicto de Milán, por el cual se permitía la libertad de culto a los cristianos. En el 392, Teodosio iría mas allá, prohibiendo el paganismo y declarando al Cristianismo la religión oficial del Imperio. Al abolir el paganismo, el Imperator (es decir, jefe del ejército) dejaba su título de Pontifex Maximus (o sea, Sumo Pontífice de la religión romana… el mismo título que hoy conservan los Papas). Religión y Gobierno se separaban. Cuando Teodosio ordenó una matanza terrible, el obispo de Milán, San Ambrosio, le ordenó realizar una penitencia, que cumplió como cristiano creyente. Por primera vez el gobierno se sometía en cuestiones de moral y conciencia a la religión. Fue también Teodosio el último que gobernó el Imperio completo, la división entre sus hijos, Arcadio y Honorio, fue definitiva. Occidente y Oriente tomaban vías diferentes….

Tras la caída de Roma

Los jefes de las iglesias cristianas locales, los obispos, en una primera etapa fueron elegidos por la comunidad cristiana, y mantenían una cierta autonomía, mas allá de acatar (o no) las decisiones de los Concilios, o reuniones de obispos. Para el fin del siglo III, algunas grandes ciudades (Roma, Alejandría, Antioquia, Cartago) con prestigio y una tradición de grandes hombres al frente, tuvieron obispos llamados metropolitanos, superiores a los demás obispos de la zona. San Agustín, discípulo de Ambrosio, en su Ciudad de Dios habla de la difícil relación entre el poder y el cristiano.
Tras la caída del Imperio Romano de Occidente (476) el obispo de Roma obtendría gran prestigio, por estar en la ciudad guardiana de la tradición imperial, la misma donde Pedro (primer obispo de Roma) y Pablo, habían sufrido el martirio. Cuando en 452 Atila estaba a punto de entrar en Roma, el Papa León I fue a verlo, y tras la entrevista, Atila retrocedió. No se sabe qué pasó, pero según la tradición, Atila se impresionó mucho por la valentía del anciano indefenso, lleno de majestad, y es probable que algo así haya sucedido.
En 590, Roma, sin ningún poder civil presente, sería invadida por un pueblo bárbaro: los lombardos. Fue Gregorio Magno, elegido obispo de Roma por el pueblo, el encargado de la defensa. El creador del Canto Gregoriano sería el primero en tener un cierto poder de gobierno, no buscado, sino fruto de la situación desesperada y la ausencia de otro poder. Por último, el obispo de Roma llegaba a ser el más importante del mundo cristiano.


El nuevo Imperio

El Occidente europeo sufrió una serie de invasiones de pueblos bárbaros, que crearían una serie de reinos (vándalos, visigodos, ostrogodos, suevos…) que se trasladarían a lo largo del imperio, luchando entre sí. El gran ganador sería el pueblo de los francos, que formaría un gran reino con centro en Francia. Fue el rey Clodoveo (461-511) quien venció a visigodos y burgundios, y se convirtió al Cristianismo por influencia de su esposa Clotilde, arrastrando consigo a su pueblo en masa. Se formó una poderosa alianza entre la Iglesia y el reino Franco. Su dinastía, los Merovingios, degeneraría en una pérdida de poder. En 732, ante el peligro de la invasión musulmana, sería el mayordomo de palacio, Carlos Martel (especie de primer ministro y jefe del ejército), quien salvaría occidente en la batalla de Poitiers. Su hijo Pipino el Breve, con el permiso del Papa, desplazaría al último Merovingio. Venció a los lombardos, y donó los Estados Pontificios al gobierno del Papa; Roma se separaba para siempre del Imperio Bizantino. Su sucesor, Carlomagno, llevaría este reino a su máxima expresión, extendiéndose por Alemania. En la Navidad del 800, el Papa León III coronó sorpresivamente a Carlomagno como emperador romano, y el patriarca de Jerusalén se sometía a la protección rey franco, actos de tremendas consecuencias. Bizancio protestó, se rompió la unión entre Oriente y Occidente, se imposibilitó toda perspectiva de reunión de ambos imperios, pero lo más importante, parecía que la corona imperial era una gracia que sólo podía entregar el Papa… traería complicaciones en el futuro.


El nacimiento del Imperio Germánico

Los Carolingios tendrían la mala costumbre de dividir el Imperio entre sus hijos como una herencia más, por lo tanto, se sucederían uniones y divisiones. La consecuencia más importante sería la definitiva ruptura entre Francia y Alemania. Esta dinastía se extinguiría en Alemania en 911 con Luis el Niño, reino que se convirtió en electivo. Éste consistía en una serie de poderosos gobiernos locales (Sajonia, Franconia, Baviera, etc). Resultó elegido el duque Conrado de Franconia, que a su muerte, legó su espada a su enemigo Enrique el Cetrero de Sajonia, una muestra de grandeza por creerlo el más apto. En esta etapa de inestabilidad del poder central, el clero sería de gran ayuda. Su hijo Otón I (936-973) sería el gran creador del Imperio Germánico. Venció definitivamente a los lombardos, tomando la corona del reino de Italia. Entró en Roma y fue coronado Emperador por el Papa Juan XII, incluso casó a su hijo con una princesa bizantina. Pero surgirían diferencias con el Papa, ya que ambos pretendían dominar al otro. Otón volvió a Italia con su ejército, venció a los “rebeldes” italianos, llamó a un concilio que depuso a Juan XII, y ordenó jurar que no se elegiría Papa sin su consentimiento. Juan no era un modelo de virtud, regresó con fuerzas propias cometiendo terribles excesos, pero finalmente murió. La Iglesia se sometía al Imperio. Otón nombraba a muchos obispos dándoles poder temporal y tierras, pero exigiendo a cambio colaboración política y militar. La ventaja era que los obispos no podían crear dinastías… sus tierras se mantendrían unidas y fieles siempre al imperio, no como los siempre rebeldes duques y condes.

Le siguió un corto reinado de Otón II (973-983), donde sufrió una terrible derrota en Calabria por parte de los árabes, que dominaban el sur de Italia. Otón III (983-1002), hijo de la princesa bizantina, fue quien deseó restablecer un imperio universal y cristiano, coronado como Emperador Romano y gobernando desde Roma. Polonia, Bohemia y Hungría se asociaban al imperio, parecía que el Imperio Romano podía renacer, pero los tiempos eran otros. Los Papas, como los obispos alemanes, seguían siendo elegidos por el Emperador, aunque hay que mencionar que algunos de ellos eran dignos de su puesto. Muerto Otón III sin hijos, con su primo Enrique II el Santo (1002-1024) se extinguiría la casa de Sajonia. Aunque más realista, debió reconocer que los títulos feudales eran hereditarios, es decir, se creaban dinastías de duques y condes, factor que complicaba la futura unidad del imperio.

Deseos de reforma

La casa de Franconia (región que forma parte de Alemania) volvía al gobierno con Conrado II (1024-1039). Heredó la corona del reino de Arles (Borgoña y Provenza) aumentando el poder imperial. También durante el reinado de Enrique III (1039-1056) los obispos y el Papa estuvieron totalmente sometidos al emperador, pero mientras que a Conrado sólo le importaba el gobierno, Enrique era un cristiano convencido de la necesidad de reformas en la Iglesia. En especial, dos pecados manchaban al Cristianismo. La simonía consistía en el nombramiento (con o sin un precio) de sacerdotes por el poder civil, recordando a Simón el Mago, quien quiso comprar a los discípulos de Jesús el don del Espíritu Santo. Ni siquiera un Emperador puede nombrar un obispo, porque carece del don del Espíritu Santo para poder transmitirlo. Por otro lado, se llamaba nicolaísmo a la vida marital de los sacerdotes, en tiempos en que el celibato ya estaba impuesto. Hoy se discute mucho el tema del celibato, pero en esos tiempos, se creaban “dinastías” sacerdotales, además de que muchos obispos gobernaban ciertos territorios, creando un gran problema. Algunos de estos principados eclesiásticos llegaron hasta 1801, cuando fueron secularizados por Napoleón.

Enrique estableció la “Tregua de Dios”, conjunto de normas que limitaban las guerras e intentaban proteger a los débiles. En Roma gobernaba el Papa Benedicto IX, un joven de vida poco edificante, que llevó a un indignado pueblo romano a deponerlo y nombrar un sucesor. Pero Benedicto vendió su puesto, para luego decir que le pertenecía, entonces hubo tres Papas que se excomulgaban mutuamente, hasta que Enrique llamó un concilio que depuso a los tres y nombró un digno sucesor, que lo coronó luego como Emperador. Ambos deseaban la reforma, parecía que venía un nuevo tiempo.


La independencia de la Iglesia

En 1056 la muerte de Enrique III con un sucesor de 6 años creó una crisis de poder. La regencia de la débil emperatriz Inés, muy religiosa, daría la oportunidad a la Iglesia de despegarse del poder imperial. Un grupo de consejeros religiosos depuso a Inés y formó un consejo de regencia, dominando al príncipe Enrique. Mientras, en 1059 el Papa Nicolás II ordena que la elección del Papa sea realizada por los cardenales, también la elección de los obispos sería independiente del poder civil. La reforma de la Iglesia sería realizada desde dentro, sin ninguna participación laica. Sin embargo, esta independencia de los obispos creaba un gran problema en Alemania, ya que el emperador dependía mucho de la fidelidad de los príncipes-obispos. En 1065 Enrique IV fue designado mayor de edad, y poco a poco se quitó de encima a los miembros del consejo de regencia, para gobernar solo. Venció a los sajones, que aún no se sometían del todo al imperio, asentando su poder. Pero en Roma, en 1073 sería nombrado Papa Gregorio VII, quien llevaría la idea de independencia de la Iglesia a su máxima expresión. Dos terribles oponentes se enfrentarían para decidir el predominio universal.

Comienzo de la Querella de las Investiduras

Gregorio deseaba la independencia de la Iglesia, eliminar la influencia del Emperador en Italia, y liderar la reforma eclesiástica. Consideraba tener poder absoluto sobre los hijos de la Iglesia, en particular superior al poder civil (o temporal). La coronación del Emperador era para Gregorio el símbolo de la sujeción del poder temporal al eclesiástico. Si bien El Papa no deseaba gobernar directamente, creía que todo poder debía someterse a él. Aunque hoy nos parece fácil, hasta deseable, la separación de gobierno y religión, en esa época era impensable, no sólo en el Cristianismo, lo era también para el Imperio Bizantino o el Califato Árabe, por ejemplo. Gregorio lucharía contra la simonía y el nicolaísmo, un obispo no podía dedicarse a tareas terrenales descuidando la Iglesia; pero esto debilitaría al Imperio. Incluso pensaba reunir un gran ejército cristiano para combatir a los musulmanes, adelantándose a las Cruzadas. En 1075, Gregorio prohibió a los príncipes realizar nombramientos eclesiásticos, lo que -más que nada- perjudicaba a Enrique.
En Milán, cada uno nombró a un obispo, y Gregorio amenazó con la excomunión. Pero Enrique, llamó un concilio alemán que negaba obediencia al Papa. Los obispos no querían dejar el poder terrenal, ni a sus esposas. En Roma, Gregorio devolvía el golpe: excomulgó a Enrique, le quitó la dignidad real y levantó el juramento de obediencia de todos sus súbditos.


La entrevista de Canosa

Detrás del tema de la simonía se escondía el problema principal: ¿Qué poder era superior, el Papa o el Emperador? Ante la excomunión, o sea la expulsión de la Iglesia, todos los opositores a Enrique se levantaron y unieron. Para el pueblo también era terrible ser gobernados por un pecador; en esta época, la vida era inseparable de la religión.
Aunque otros emperadores habían depuesto Papas como Juan XII, eran hombres indignos. Gregorio VII era recto y respetado. Los príncipes reunidos en Tribur dieron un año de plazo a Enrique para levantar la excomunión. Además, el Papa se dirigía a Alemania para presidir una Dieta General donde se decidiría el futuro del Emperador. Enrique fue a su encuentro a toda prisa, sólo acompañado con su familia.
Al saberlo, Gregorio, temió un atentado y se refugió en el castillo de Canosa, cerca de Parma (1077). Pero Enrique fue como penitente a pedir el perdón, y Gregorio tuvo una terrible disyuntiva. Si lo perdonaba, perdería el poder y su influencia, pero si no lo hacía, faltaría a su deber se pastor de la Iglesia. Luego de tres días de humillaciones del Emperador, Gregorio levantó la excomunión. Enrique venció con astucia, a costa de humillarse, pero Gregorio mostró nobleza y rectitud, a costa de perder su poder. Sólo logró ser reconocido como árbitro de futuras disputas.


El final de Gregorio y Enrique

Enrique volvió a Alemania, recuperó la fidelidad de muchos súbditos, y venció a sus oponentes. Poco tiempo duró la paz. Enrique pidió al Papa que excomulgue a sus enemigos. Como Gregorio no deseaba someterse, volvió a excomulgarlo, pero esta repetición no tuvo el mismo efecto. Un arma usada dos veces, pierde efectividad. Incluso, Enrique presidió un concilio para deponer a Gregorio y nombrar un nuevo Papa, y fue a Roma al frente de un ejército para someterlo. Pero los normandos de Sicilia, aliados del Papa, salvaron la situación, pero sometieron la ciudad a un terrible saqueo. Este hecho, y el fracaso de una expedición de los normandos a Constantinopla, amargaron los últimos años de Gregorio, quien al morir (1085) exclamó “He amado la justicia y he aborrecido la iniquidad, por eso muero en el destierro”. Parecía la victoria de Enrique, pero los cardenales eligieron a Urbano II, continuador de la misma política, quien se oponía al presunto Papa alemán. Urbano influyó en un hijo y la esposa de Enrique, cuya oposición entristecieron sus últimos años. Además, en 1095 Urbano llamó a la primera Cruzada, la influencia del Papa se fortalecía.
Aunque la muerte de ambos Papas parecía ser la oportunidad de una tregua, Pascual II era igual de inflexible. El nuevo príncipe heredero (Enrique) también se alió al Papa, encerró a su padre, pero pudo escapar, y se reunieron dos ejércitos para la gran batalla, pero Enrique IV había muerto poco antes (1106).

El Concordato de Worms: final de la Querella de las Investiduras

Parecía que Enrique V se sometería al Papa, pero su alianza con Roma era falsa. La querella continuó. Se empezó a ver la posibilidad de un acuerdo. En 1110 Pascual y Enrique acordaron que los obispos abandonaran todo poder terrenal y bienes, para que vivieran sólo de diezmos y limosnas. Pero tan cerca de la paz, los obispos no estaban dispuestos a dejarlo todo, y se rebelaron.
Cansado, Enrique obligó al Papa a ceder, pero ahora la Iglesia entera se opuso a un nuevo acuerdo definido por la fuerza. Finalmente, en 1122 se reunieron Enrique V, el Papa Calixto II y los príncipes alemanes en Worms. Ni el Papa ni el Emperador nombrarían los obispos, lo harían las iglesias locales. Calixto les daría el poder eclesiástico, y Enrique el poder terrenal, así que ambos se debilitaban, la nobleza alemana triunfaba; pero se daba un paso adelante en la separación de Estado e Iglesia. En 1125 moría Enrique V sin hijos, subía una nueva dinastía en Alemania, los Hohenstaufen, que llevarían el enfrentamiento con la Iglesia a una nueva etapa.

 

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hola cotonito xd xd x d


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