Glorias y desgracias de Polonia

Posted on 6 agosto, 2007. Filed under: Organizaciones |

El origen de una nación

El origen del pueblo polaco, como el de tantos otros, es poco claro. Como parte del grupo de pueblos eslavos, que tienen en común una lengua similar en vez de un mismo origen racial, es originario de la Rusia occidental. Estos pueblos son mencionados por fuentes romanas y germanas cerca del siglo I. Cerca del 600 estas civilizaciones avanzan hacia el oeste, instalándose algunos en la actual Polonia y en este de Alemania, territorios abandonados por los pueblos germanos. Están organizados en clanes familiares de tipo patriarcal, estructura que les impide formar un gran estado. Recién cerca del año 900 los polacos se unifican en un solo pueblo, gracias a un líder de apellido Piast (Piasta). Este nuevo estado de Polonia (de Poleni, es decir, hombres del campo) será un escollo para la colonización germánica, la Drang nach osten (marcha hacia el este), que intentaban incorporar nuevos territorios al dominio del emperador. Estos colonos creaban granjas y monasterios, traían orden, una explotación mas eficiente del suelo, desecaban pantanos y roturaban campos. Pero no dejaban de ser intrusos, y crearían un drama humano cuyas consecuencias llegarían al siglo XX.

Consolidación y debilitamiento

Inicialmente estos príncipes polacos buscaron tener buenas relaciones con el emperador germánico, su obra colonizadora llevó también una misión evangelizadora. Así en 966 el príncipe Miecislao I (Mieszko I) se convirtió al catolicismo al casarse. Rinde homenaje al emperador pero sin reconocerse vasallo como los demás príncipes alemanes, una buena relación con el Papa le permite mantener la independencia. Mientras, más al este va tomando forma el pueblo ruso. Así, entre los estados alemán y ruso, vivirá Polonia toda su historia, con ambiciosos ojos mirando sus fértiles tierras, y sus ricas minas. Sería Boleslao I el Intrépido (992-1025) quien logre del Papa el nombramiento como rey de Polonia, factor muy importante para alejar la ambición del emperador. Extendió las fronteras incorporando Cracovia, pero también otros grandes territorios, perdidos a su muerte. Casimiro I reordenó el país, pero los nobles aumentan su poder, debilitando al estado central. Le seguiría Boleslao II el Salvaje (1058-1079), hombre terrible cuando estaba furioso. Sólo el obispo de Cracovia se animó a intentar corregirlo, pero recibió un sablazo en el cráneo de parte del rey, quien terminó depuesto. Luego de unos monarcas más débiles, en 1138 se instaura el Seniorato: el país tan duramente unido fue dividido en principados entre los miembros de la familia Piasta. Mientras, los colonos alemanes avanzaban dentro del país. Pero un tremendo enemigo se acercaba, en 1241 los mongoles, después de arrasar Rusia, entraban en Polonia. Un heroico ejército polaco-alemán los enfrentó en Liegnitz y fue derrotado; pese a esto, los asiáticos detuvieron su avance, occidente se había salvado. Mientras los rusos eran sometidos, el emperador germánico estaba envuelto en sus luchas en Italia, suerte para los polacos, débiles y desunidos.

Nuevos rivales
Ladislao I (1306-1333), llamado el Breve (Lokietek) por su baja estatura, fue un gran líder que reunificó al país, y enfrentaría a un nuevo peligro: los Caballeros Teutónicos. Orden militar creada para luchar en las Cruzadas, tras la pérdida de los últimos dominios europeos en Tierra Santa (1291) tomaron una nueva misión: la lucha contra los aún paganos prusianos y lituanos. La Orden ocupó grandes territorios en la costa del mar Báltico, fueron criticados por los Papas por esclavizar en vez de evangelizar a estos pueblos. También se beneficiaron del comercio y la agricultura, gracias a la extensión de la colonización germánica. Este nuevo “estado” no dejaba de ser un peligro incluso para la católica Polonia. Aliado al duque de Lituania, Ladislao logró detener el avance de los Caballeros Teutónicos. También llama las primeras dietas polacas (Sejm), especie de parlamento compuesto por nobles, donde toda decisión se tomaba por unanimidad. Hasta el noble mas insignificante podía frenar una decisión, este sistema de gobierno causaría muchos problemas en el futuro.

Tras fallidas uniones con Bohemia y Hungría, en 1386, la boda de la última desciendiente de los Piasta (Eduvigis) con el príncipe lituano Ladislao Jagellón provocan la unión dinástica (bajo el mismo gobernante) de Polonia y Lituania. Ladislao II (1386-1434) llevó a cabo la difícil evangelización de los lituanos (los “últimos paganos de Europa”), ahora nacía un nuevo estado, lo suficientemente poderoso como para enfrentarse a la Orden Teutónica. La situación era crítica, parecía que toda Polonia iba a ser “germanizada”, pero Polonia derrota a la Orden en Tannenberg (1410). Una nueva guerra terminó en 1466, con el juramento de fidelidad del Gran Maestre teutónico al rey polaco. No tendrían la misma suerte luchando junto a los húngaros contra los turcos, siguiendo un llamado del Papa en una especie de “última cruzada” y sufriendo la terrible derrota de Varna (1444), último intento de salvar a Constantinopla, que cayó en 1453.

La edad dorada y la tolerancia

El hijo de Ladislao, Casimiro IV (1447-1492) controló dominios entre los mares Báltico y Negro, el reino polaco-lituano era una potencia a ser tenida en cuenta, que lógicamente despertó la rivalidad de alemanes, rusos y turcos. Segismundo I cedería algunos territorios pero reordenaría el país. En esta época, el polaco Copérnico demostraría que la Tierra gira alrededor del Sol, símbolo de los nuevos tiempos, y el gran papel cultural de la universidad de Cracovia. Segismundo II Augusto (1548-1572) llevó a cabo una terrible lucha contra el zar Iván IV el Terrible de Rusia, estado que comenzaba a despertar del dominio mongol, y se convertiría en un nuevo peligro, que llevaría a Lituania a pedir una unión definitiva con Polonia (antes sólo compartían el mismo rey, ahora eran un solo reino). Polonia pudo detener las ambiciones rusas sobre los dominios restantes de la Orden Teutónica, que pudo incorporar como feudo. Pero Segismundo II también vio crecer el protestantismo en su reino, al cual adhirieron muchos nobles, que nunca fueron muy afines al poder central. Hacia 1552, por política o convicción, evitó la represión, y optó por la coexistencia entre católicos y protestantes. Pero como católico, intentó difundir su fe por medios pacíficos, como el sostenimiento de los jesuitas y su obra evangelizadora. En 1570 se firma el consenso de Sandomir, un compromiso de respeto entre las diversas religiones; un concepto muy avanzado en un momento donde las guerras religiosas, la inquisición, y la intolerancia del calvinismo incendiaban Europa. La situación se mantenía en un difícil equilibrio, complicado por la muerte de Segismundo sin herederos, se extinguía la dinastía Jagellón.

Los reyes extranjeros

El reino polaco era electivo, pero tenía como tradición el elegir como sucesores a los miembros de una misma familia. Distintos príncipes europeos se postularon en una difícil elección donde la religión del futuro rey no era un tema menor. Ganó la misma Enrique de Valois, príncipe francés hijo de Catalina de Medicis y hermano del rey, pero debiendo reconocer los derechos de los nobles polacos y la libertad religiosa, bajo el célebre “jura o no reinarás”. En 1573 se declara la libertad de culto, y al año siguiente Enrique huye a Francia, para coronarse rey allí dada la muerte de su hermano, acto vergonzoso que quedó para la historia: un rey huyendo en la oscuridad abandonando su reino por otro “mejor”. La nueva elección recayó en Esteban Bathory (1575-1586), príncipe de Transilvania, rey tolerante y enérgico. Su canciller mostraría las nuevas ideas: “Daría la mitad de mi vida por llevar de nuevo al catolicismo a aquellos que lo han abandonado, pero daría mi vida entera por impedirles que fuesen arrastrados de nuevo por la violencia”. La combinación de tolerancia y proselitismo devolvieron a Polonia al Catolicismo, que conserva hasta el día de hoy, la prueba más clara de lo que puede lograr un gran líder, pero el modelo de tolerancia no fue imitado. En el exterior venció a Iván el Terrible, cuya muerte (1582) sumiría a Rusia en el caos por algunas décadas, un enemigo menos. Se eligió luego a Segismundo III Vasa (1587-1632), casado con una Jagellón, también rey de Suecia pero depuesto allí por ser católico, siguió reinando en Polonia, así que la dinastía Vasa se separó en dos ramas: católica y protestante, reinando en Polonia y Suecia. Llegó a ocupar Moscú, en pleno desorden político, logrando conquistar territorio ruso.

La caída y el último resplandor

El nuevo siglo traería duras rebeliones de los cosacos en Polonia, liderados por Chmielnicki, aliados a rusos y tátaros, pero finalmente contenidos por Juan II Casimiro (1664) pero sin poder detener la pérdida de territorios y la decadencia económica. Cuando Rusia amenazó a Polonia para obtener la deseada salida al mar Báltico, el rey sueco declaró la guerra a Polonia para obtener ese territorio y detener a los rusos. Suecia ocupó Varsovia y Cracovia, y amenazaba con invadir todo el país. La paz llegó con la entrega del territorio en disputa al reino sueco, y la pérdida de parte de Ucrania (incluyendo Kiev) a manos de Rusia. La gran Polonia-Lituania comenzaba a desintegrarse…
El “liberum veto” de la nobleza continuaba paralizando al gobierno, con un “me opongo” cualquier noble evitaba la promulgación de una ley, en un país con una nobleza que incluía decenas de miles de personas, y quizás mas. Mientras tanto, sus vecinos con gobiernos despóticos se volvían cada vez más poderosos. Esta especie de “anarquía polaca” era sistemática y organizada, donde el individualismo condenaba el país al desastre. La debilidad volvió a mostrarse cuando los turcos ocuparon el resto de Ucrania (1672), y luego, avanzaron sobre Viena
El inmenso ejército otomano rodeaba completamente las murallas de la capital austríaca (1683), defendida por un ejército poco numeroso. Entonces, respondiendo al llamado del Papa, conciente de que la caída de Viena podía condenar a la Europa cristiana (como a Hungría y los Balcanes, ya conquistados por el Islam) Juan Sobieski atacó con sus brillantes húsares polacos. Este pequeño contingente logró el milagro de salvar desinteresadamente a Austria, la cual agradecería el favor ayudando a destruir Polonia años después.

Cómo destruir un país: la guerra de sucesión y los repartos de Polonia

La victoria del luego rey de Polonia Juan III Sobieski no sirvió de mucho al país, mas que el orgullo del deber cumplido. En la elección de su sucesor influyeron las potencias vecinas, incluso ocupando el país, pero triunfó Augusto II el Fuerte, príncipe de Sajonia, usando su propio ejército para controlar la situación. Se entrometió en la Gran Guerra del Norte, apoyado por Rusia y Prusia, mientras que Suecia proponía como rey a Estanislao Leczinski. A medida que variaba la suerte de la guerra, Estanislao y Augusto se alternaban en el poder, debiendo demasiados favores a las potencias que los apoyaban, interesadas en dominar y al menos mantener el caos en Polonia. Cuando murió Augusto en 1733, le correpondía a Estanislao ocupar el trono, apoyado por Francia, pero Rusia y Prusia apoyaban a Augusto III, hijo del difunto. La paz de 1735 daba fin a la Guerra de Sucesión Polaca, y establecía un intercambio de territorios como si se tratara de un juego de mesa. Como ejemplo, a Estanislao le daban la Lorena, con la condición de que a su muerte volviera a Francia, mientras Augusto III se quedaba con Polonia.
La elección de 1764 fue directamente controlada por Rusia, entronizando a su candidato Estanislao II Poniatowski. Cuando Rusia realizó una exitosa campaña contra los turcos, y amenazaba los Balcanes, Austria y Prusia decidieron detenerla. La propuesta rusa para evitar la guerra fue, sencillamente, abandonar los Balcanes a cambio de que cada uno de los estados ocupe parte de Polonia como compensación. Así, tres potencias violando todo derecho, sin ninguna oposición europea, se aprovecharon de la “anarquía polaca”. Pero lo peor estaba por venir: en 1793 Estanislao intentaría evitar sin éxito otro reparto entre Prusia y Rusia. Finalmente, en 1795, pese a la resistencia del héroe nacional polaco Kosciuszko, las tres potencias se repartieron al resto del país: Polonia dejaba de existir.

Una nación sometida

Durante las guerras napoleónicas, los polacos apoyan a Francia, quien crea el Gran Ducado de Varsovia, devolviéndoles cierta independencia. Pero la derrota definitiva de Napoleón en 1815 y la Paz de Viena deciden que Polonia y Rusia formen una unión dinástica, países distintos con el mismo monarca. En 1831 estalla la rebelión, como consecuencia de su derrota, Polonia es directamente constituida en una provincia rusa mas. Artistas como Chopin llevarán el mensaje polaco a toda Europa, pero nadie responderá al llamado. Polonia fue absorbida por sus difíciles vecinos de siempre, los autríacos y prusianos de origen germánico, y los rusos. Pero estos reinos ahora limitan entre sí, creando un nuevo foco de inestabilidad. Comienza una gran emigración, una nueva rebelión en 1864 termina en un desastre, reprimida por Prusia y Rusia unidas ante tibias quejas de otros países. Se encara la “rusificación”, incluso se prohibe la lengua polaca, con la intención de acabar con una cultura y acabar con un pueblo.

El siglo XX: La primera guerra mundial

La primera guerra mundial encuentra a Polonia dividida entre los estados rivales, siendo un lógico campo de batalla. Para 1918, Austria y Prusia (los Imperios Centrales) han ocupado toda Polonia, mientras Rusia, tras los fracasos de la guerra, sufre la Revolución Comunista. El fin de la guerra trae el renacimiento del estado polaco independiente como un reino (1916), que durará muy poco, hasta la proclamación de la república (1918). Al poco tiempo estalla una guerra con la recién nacida Unión Soviética, tras la cual se redefinen las fronteras, dejando un país con un panorama complejo de minorías nacionales (alemanes, ucranianos, judíos, rusos). Pilsudski será el primer presidente, pero tras ceder el gobierno, vuelve a él mediante un golpe de estado (1926) hasta su muerte en 1935, con un régimen autoritario y persiguiendo a sus rivales políticos. Mientras, al oeste crecía el régimen nazi. Polonia había obtenido una pequeña franja costera, alrededor de la ciudad de Danzig (Gdansk), que cortaba en dos los dominios alemanes. Hitler pidió la ciudad y el permiso para atravesar territorio polaco. Ante la negativa, se desata la invasión nazi a Polonia (1939), que causa el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Las consecuencias de la Segunda guerra mundial y el futuro

El ejército polaco es aplastado en pocos días, en una repetición un milenio después de la Drang Nach Osten, y el país es repartido entre Alemania y la URSS. Será en este país, de gran población judía dado que nunca sufrieron persecuciones importantes allí, donde nacerán los ghettos y los tristemente célebres campos de concentración. Luego será campo de batalla entre alemanes y rusos, y al final de la guerra, quedará bajo la órbita comunista. Se redefinirán las fronteras de Polonia tal como las conocemos hoy, con el país ligeramente desplazado más hacia el oeste respecto de su posición histórica. Se producirá el drama humano de las migraciones de las minorías, acomodándose los pueblos alemán, ruso y polaco a las nuevas fronteras, para terminar definitivamente con ese foco de disturbios. Se establecerá el régimen comunista en el país, con persecuciones a los opositores políticos y a la Iglesia. Pero el premio a 1000 años de fidelidad a la iglesia católica será el nombramiento de un Papa polaco: Juan Pablo II (1978). Será su accionar, conjuntamente con el del sindicato Solidaridad de Lech Walesa, el que debilitará el comunismo en Polonia, y en todo el mundo. En 1990 vuelve la democracia, con Walesa como presidente electo. Hace pocos años, el ingreso a la comunidad europea le abre nuevas perspectivas, pero también nuevos desafíos, similares a los de Latinoamérica: poder unir libertad y mejor distribución de la riqueza. Si han sobrevivido a tantas pruebas, seguramente podrán vencer esta.

Conclusiones

El pueblo polaco, con esta historia tan particular, parece decirnos muchas cosas. Siempre en una constante lucha con sus poderosos vecinos, en especial rusos y alemanes, que le causaron tanto daño en sus mas de 1000 años de vida. Y hoy se encuentra frente al desafío de superar el odio y la rivalidad, y dar la mano con la esperanza de dejar tantas guerras en el pasado. Nos muestra la fuerza de un pueblo y una cultura, y los frutos que la tolerancia puede dar. Pero también nos advierte sobre los riesgos de la mezquindad y el individualismo extremo en el seno de un país, que no necesariamente se oponen al heroísmo mostrado en tantos momentos de su larga historia. Vale como reconocimiento a todos esos hombres y mujeres de ese lejano país europeo, que escaparon de la dominación extranjera y vinieron a construir países como la Argentina, con su cultura del trabajo, pidiendo a cambio sólo un poco de libertad.

 

http://www.psicofxp.com/forums/articulos-de-literatura-e-historia.518/493241-glorias-y-desgracias-de-polonia.html

 
 

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