La felicidad ¿se compra?

Posted on 6 mayo, 2008. Filed under: Sin categoría |

por Aversa
En los países cada vez más ricos los índices de depresión siguen inalterables; el consumo sigue avanzando frenéticamente pero no hay caso: con esta estampida la felicidad tampoco llega. Nunca termina uno de conformarse. Tal vez suene poético o sin gracia, pero lo que se creía en otros tiempos hoy tiene la misma vigencia: la mirada de una flor, la sonrisa de un ser querido, un abrazo… esas pequeñas cosas siguen siendo las generadoras de felicidad.

¿Qué significa ser feliz en el siglo XXI? Aunque satisfacer todos los deseos y en forma inmediata –tal como manda nuestra cultura actual–, es regla y no excepción, está visto que la felicidad no responde a esa consigna. De hecho, para algunos, como el filósofo italiano Franco Berardi, la felicidad se encuentra, precisamente, cuando se reduce la necesidad.


"No se accede a ser feliz por ‘generación espontánea’ o por una predeterminación biológica, sino que se aprende a ser feliz y, agrego, también se enseña”, explicó alguna vez el psiquiatra y psicoanalista José Eduardo Abadi en su libro De felicidad también se vive, recientemente editado por Editorial Sudamericana.

Al respecto de esta cuestión, dijo Abadi: “La felicidad es la combinación armónica entre lo que se siente, lo que se piensa y lo que se hace”.

Felicidad, no tienes dueño…

“En las sociedades prósperas, el dinero no trae mucha más satisfacción, sino los amigos. En las pobres, es al revés”, explicó en una ocasión Robert Lane, profesor emérito de Ciencias Políticas de la Universidad de Yale, de Estados Unidos, y autor de la obra La pérdida de la felicidad en las democracias de mercado, al referirse a la relación (y creencia) existente entre el dinero y la felicidad.

Aún así, hay otro concepto respecto del mismo tema. Es el que enarbola Andrew Oswald, profesor en la Universidad de Warwick, en Gran Bretaña, quien cree que en países cuya población no puede satisfacer necesidades básicas, hablar de la importancia de los amigos o de la economía de la felicidad es, cuanto menos, una frivolidad. Pero, por otra parte, hay evidencias concretas de que los ciudadanos de países ricos entendieron que no por tener una televisión más grande o un auto más veloz van a ser más dichosos.


“Los ingleses nos hemos obsesionado tanto con el dinero y el éxito, que muchos de nosotros aún estamos dispuestos a pasar horas inmovilizados en medio del tránsito, en vez de disfrutarlas con nuestras familias y amigos. Antes de poder afirmar cuán felices somos, debemos compararnos con el de al lado”, afirma Oswald.

Sin embargo, Daniel Gilbert, profesor de Psicología de la Universidad de Harvard, sostiene: “Investigaciones realizadas por economistas y psicólogos revelan que el dinero sí puede comprar la felicidad, pero teniendo en cuenta dos importantísimos puntos. Primero, cuánto más dinero tiene una persona, cada dólar le reporta menos felicidad.

Es decir, a una persona pobre que tiene hambre, un dólar la hará inmensamente feliz. Pero a partir de que las necesidades básicas están satisfechas, la curva es decreciente y a una persona rica más dinero no le reportará mayor felicidad. Pero a las personas no les importa cuánto dinero tienen, sino cuánto más dinero tienen que los demás”.

Para Rafael Di Tella, economista egresado de la Universidad de Buenos Aires, con un doctorado en Oxford y, actualmente, profesor en el Harvard Business School, “la felicidad viene de la mano de un poco de plata y mucho de los amigos, el trabajo, la salud, el tiempo libre, la familia”.


Un ejemplo

La Universidad de Leicester, en Inglaterra, presentó hace poco más de un año el primer mapa mundial de la “felicidad”, de donde se desprendía que los daneses y los suizos eran los más felices del planeta. Por el contrario, los zimbabuenses y los burundeses eran los menos.

Su mentor, el psicólogo social Adrian White, basó su análisis en la esperanza de vida, bienestar económico y acceso a la educación de la población. “La felicidad es actualmente una amplia área de investigación en la economía y la psicología”, explicó este profesional.
De todos modos, se debe admitir que si no es fácil definir la felicidad, mucho menos lo será medirla o traducirla en estadísticas.

Pero hay, en este tema, un ejemplo que deja al menos una idea de lo que se puede hacer para sentirse felices. Un grupo de estudiosos británicos propuso a los habitantes de Slough, un pueblo del Reino Unido, incorporar algunas nuevas y buenas actitudes para ver si era posible sembrar la semilla de la felicidad. El resultado fue que luego de tres meses descubrieron que con gestos tan simples como sonreír a extraños, llamar a algún amigo, reírse un rato, practicar ejercicio físico y hacer una buena acción, se puede cambiar profundamente el estado de ánimo de una comunidad.

Pero entre tantas afirmaciones, teorías y ejemplos, queda una pregunta: ¿y si probamos con realizar algunas de estas pequeñas cosas? No hay nada para perder. Y mucho para ganar.



Artículo publicado por Aver S.A, empresa especialista en contenidos editoriales segmentados.

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